El circulo en expansión

Para desafiar a mis estudiantes a pensar sobre la ética de lo que le debemos a las personas necesitadas, les pido que imaginen que su camino a la universidad los lleva a pasar cerca de un estanque de poca profundidad.

Les digo que una mañana se dan cuenta de que un niño ha caído en el estanque y parece estar ahogándose. Intervenir y sacar al niño sería fácil pero significaría mojarse y embarrarse la ropa, y en el tiempo que les lleva volver a casa y cambiarse la ropa se perderían la primera clase.

Entonces le pregunto a los estudiantes: ¿tienen una obligación de rescatar al niño? Unánimemente, los estudiantes dicen que . La importancia de salvar a un niño es tan grande en comparación con el costo de embarrarse la ropa y perder una clase que se niegan a considerar cualquier tipo de excusa para no salvarlo. ¿Hace alguna diferencia que haya otras personas caminando cerca del estanque que serían igualmente capaces de rescatar al niño, pero no lo hacen? No, contestan los estudiantes: que los demás no estén haciendo lo que deben hacer no es una razón para que yo no haga lo que debo hacer.

Una vez que todos tenemos en claro nuestra obligación de rescatar al niño que se está ahogando frente a nosotros, les pregunto: ¿habría alguna diferencia si el niño estuviera muy lejos, en otro país quizás, pero igualmente en peligro de muerte, y que estuviera igualmente dentro de nuestros medios salvarlo, sin mayor costo —y sin absolutamente ningún peligro— para nosotros mismos?

Prácticamente todos coinciden en que la distancia y la nacionalidad no hacen ninguna diferencia moral en la situación. Luego señalo que todos estamos en la situación de la persona que pasa cerca del estanque: todos podemos salvar las vidas de las personas, tanto niños como adultos, que de otro modo morirían, y podemos hacerlo a un costo muy pequeño para nosotros: el costo de un nuevo CD, una camisa o una noche en un restaurante o un concierto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para más de una persona en algún lugar del mundo —y las agencias de ayuda internacional como Oxfam resuelven el problema de actuar a la distancia.

En este punto, los estudiantes plantean diversas dificultades prácticas. ¿Podemos estar seguros de que nuestra donación realmente llegará a las personas que la necesitan? ¿Acaso la mayor parte del dinero no queda absorbido por costos administrativos, desperdicio o corrupción? ¿No es el verdadero problema la creciente población mundial, y tiene sentido salvar vidas mientras este problema no sido resuelto? Estas preguntas pueden ser respondidas: pero también señalo que incluso si una parte importante de nuestras donaciones se desperdiciara, el costo para nosotros de hacer la donación es tan pequeño, en comparación con los beneficios para quienes necesitan nuestra ayuda, que aún así estaríamos salvando vidas a un costo pequeño para nosotros —incluso si las organizaciones de ayuda fuesen mucho menos eficientes de lo que realmente son.

Siempre me llamó la atención cuán pocos son los estudiantes que se animan a cuestionar la ética subyacente a la idea de que debemos salvar las vidas de personas desconocidas cuando podemos hacerlo a un costo relativamente bajo para nosotros. A finales del siglo XIX, W.H. Lecky describió la empatía humana como un círculo en expansión que comienza con el individuo, y luego incluye a la familia y “pronto el círculo… incluye primero a una clase, luego a una nación, a continuación a una coalición de naciones, luego a toda la humanidad, y, por último, su influencia se siente en el trato del humano con los animales.” 1 W. E. H. Lecky, The History of European Morals, Longman, 1892. De acuerdo con este modelo, la gran mayoría de mis estudiantes parecen estar ya en la penúltima etapa —al menos— del círculo en expansión de Lecky. Hay, por supuesto, para muchos estudiantes y por varias razones, una brecha entre el reconocimiento de lo que debemos hacer, y hacerlo; pero volveré a esta cuestión en breve.

Nuestro siglo es el primero en el que se ha podido hablar de la responsabilidad global y de una comunidad global. Durante la mayor parte de la historia humana podíamos afectar a la gente de nuestro pueblo, o quizás a la de una gran ciudad, pero ni siquiera un rey poderoso podía tener influencia mucho más allá de las fronteras de su reino. Cuando Adriano gobernó el Imperio Romano, su reino cubría la mayor parte del “mundo conocido”, pero hoy cuando abordo un avión en Londres, dejando lo que solía ser uno de los puestos de avanzada remotos del Imperio Romano, cruzo su frontera opuesta antes de estar a mitad de camino a Singapur, y a mucho menos de mi casa en Australia. Sin importar la extensión del imperio, el tiempo necesario para las comunicaciones y el transporte significaba que simplemente no había forma en la que la gente podía hacer una diferencia por las víctimas de las inundaciones, guerras o masacres que tenían lugar en el otro lado del mundo. Para el momento en el que oían hablar de los acontecimientos, las víctimas ya habían muerto o habían sobrevivido sin ayuda. “La caridad empieza en casa” tenía sentido, ya que sólo “en casa” —o por lo menos en la propia ciudad— podíamos estar seguros de que nuestra caridad haría una diferencia.

Las comunicaciones instantáneas y el transporte en aviones han cambiado todo eso. Una audiencia de televisión de dos mil millones de personas ahora puede ver a niños hambrientos pidiendo comida en un área azotada por la hambruna, o pueden ver a refugiados desplazándose a través de la frontera en busca de un lugar seguro, lejos de quienes ponen sus vidas en peligro. La mayor parte de esa enorme audiencia también tiene los medios para ayudar a las personas que están viendo en sus pantallas. Cada uno de nosotros puede sacar una tarjeta de crédito y un teléfono para hacer una donación a una organización de ayuda que puede, en pocos días, enviar a personas para comenzar a distribuir alimentos y suministros médicos. En conjunto, está también dentro de las capacidades de las Naciones Unidas —con el apoyo de las grandes potencias— el poner tropas para proteger a los que están en peligro de convertirse en víctimas de genocidio.

Nuestra capacidad de afectar lo que está sucediendo, en cualquier parte del mundo, es una de las formas en las que estamos viviendo en una era de responsabilidad global. Pero también hay otra forma que ofrece un contraste aún más dramático con el pasado. La atmósfera y los océanos parecían, hasta hace poco, ser elementos de la naturaleza totalmente inafectados por las actividades de los minúsculos seres humanos. Ahora sabemos que nuestro uso de clorofluorocarbonos ha dañado la capa de ozono; nuestra emisión de dióxido de carbono está cambiando el clima de todo el planeta de forma impredecible y elevando el nivel del mar; y las flotas pesqueras están recorriendo los océanos, afectando las poblaciones de peces que antes parecían ilimitadas hasta tal punto que quizás nunca se recuperen. De esta forma las acciones de los consumidores en Los Ángeles pueden causar cáncer de piel entre los australianos, inundar las tierras de los campesinos en Bangladesh y obligar a los aldeanos tailandeses que antes podrían haberse ganado la vida pescando a trabajar en las fábricas de Bangkok.

En estas circunstancias, la necesidad de una ética global es ineludible. ¿Es, sin embargo, una esperanza vana? Aquí hay algunas razones para pensar que quizás no lo es.

Vivimos en un momento en el que muchas personas experimentan su vida como algo vacío y carente de sentido. El declive de la religión y la caída del comunismo han dejado la ideología del libre mercado cuyo único mensaje es: consuman, y trabajen duro para poder ganar dinero para consumir más. Sin embargo, incluso quienes tienen bastante éxito en esta carrera por los bienes materiales encuentran que no están satisfechos con su forma de vida. Ahora tenemos buena evidencia científica de lo que los filósofos han dicho a lo largo de los siglos: una vez que tenemos lo suficiente para satisfacer nuestras necesidades básicas, tener más riqueza no nos hace más felices.

Consideremos la vida de Ivan Boesky, el multimillonario distribuidor de Wall Street que en 1986 se declaró culpable de abuso de información privilegiada. ¿Por qué Boesky se involucró en actividades delictivas cuando ya tenía más dinero del que jamás podría gastar? Seis años después de que el escándalo de la información privilegiada salió a la luz, la ex esposa de Boesky, Seema, habló sobre los motivos de su marido en una entrevista con Barbara Walters para el programa 20/20, de la cadena norteamericana ABC. Walters le preguntó si Boesky fue un hombre que anhelaba lujos. Seema Boesky no pensó eso, señalando que él trabajaba durante todo el día, siete días a la semana, y nunca tomó un día libre para disfrutar de su dinero. Luego recordó que cuando en 1982 la revista Forbes nombró a Boesky entre las personas más ricas de los EE.UU., él estaba molesto. Seema supuso que no le gustaba recibir publicidad e hizo un comentario al respecto. Boesky respondió: “Eso no es lo que me está trastornando. No somos nadie. No estamos en ningún lugar. Figuramos en la parte más baja de la lista y te prometo que no te avergonzaré así de nuevo. No vamos a permanecer en la parte inferior de esa lista.”

Debemos liberarnos de esta absurda concepción del éxito. No sólo no logra traer felicidad incluso a aquellos que, como Boesky, les va extraordinariamente bien en la lucha competitiva; sino que también establece una norma social que es una receta para la injusticia global y el desastre ambiental. No podemos seguir viendo nuestro objetivo como la adquisición de más y más riqueza o el consumo de más y más cosas, mientras dejamos atrás una pila cada vez más alta de residuos.

Tendemos a ver la ética en oposición al interés propio; suponemos que los que hacen fortunas con el abuso de información privilegiada están siguiendo con éxito el interés propio —siempre y cuando no los atrapen— y haciendo caso omiso de la ética. Creemos que sirve a nuestros intereses tomar una posición mejor remunerada y de mayor jerarquía en otra empresa, aunque eso signifique que estamos ayudando a promover un producto que no es bueno en absoluto, o que es perjudicial para el medio ambiente. Por otro lado, los que no toman oportunidades de subir en su carrera porque tienen “escrúpulos éticos” sobre la naturaleza de la obra, o quienes dan su riqueza a buenas causas, son vistos como personas que están sacrificando su propio interés con el fin de obedecer los dictados de la ética.

Muchos dirán que es ingenuo creer que la gente podría dejar de lado una vida basada en el consumo, o basada en conseguir ocupar la parte superior de la escalera corporativa, por una vida que es más ética en su dirección fundamental. Pero tal cambio respondería a una necesidad palpable. Hoy la afirmación de que la vida no tiene sentido ya no viene de los filósofos existencialistas que tratan el tema como un descubrimiento sorprendente: viene de adolescentes aburridos para quienes es una obviedad. Tal vez el lugar central que ocupa el interés propio, y la forma en la que concebimos nuestro propio interés, son los culpables aquí. La búsqueda del interés propio, tal como es concebido de forma estándar, es una vida sin ningún significado más allá de nuestro propio placer o satisfacción individual. Tal vida es a menudo una empresa autofrustrante. Los antiguos sabían de la “paradoja del hedonismo”, según la cual mientras con mayor anhelo perseguimos nuestros deseos de placer, más difícil se vuelve satisfacerlos. No hay ninguna razón para creer que la naturaleza humana haya cambiado tan drásticamente como para que esta sabiduría ancestral sea inaplicable al mundo actual.

Aquí la ética ofrece una solución. Una vida ética es aquella en la que nos identificamos con objetivos más trascendentes que le dan sentido a nuestras vidas. La idea de que hay armonía entre la ética y el interés propio es antigua, y ahora a menudo ridiculizada. El cinismo está más de moda que el idealismo. Pero esas esperanzas no son infundadas, y hay elementos sustanciales de verdad en la antigua opinión de que una vida ética reflexiva es también una buena vida para la persona que la lleva. Nunca ha sido tan urgente que las razones para aceptar este punto de vista sean ampliamente entendidas.

En una sociedad en la que la lucha en defensa del propio interés material es la norma, el cambio a una postura ética es más radical de lo que mucha gente supone. En comparación con las necesidades de la gente que padece de falta de alimentos en Ruanda, el deseo de probar los vinos de los mejores viñedos de Australia se vuelve insignificante. Un enfoque ético sobre la vida no prohíbe divertirse o disfrutar de la comida y el vino; pero cambia nuestro sentido de las prioridades. El esfuerzo y los recursos puestos en la moda, la interminable búsqueda de más y más placeres gastronómicos refinados, el gasto adicional que marca al comercio de los coches de lujo—todas estas formas de consumo se vuelven desproporcionadas para las personas que pueden cambiar la perspectiva lo suficiente como para ponerse en la posición de quienes son afectados por sus acciones. Si el círculo de la ética realmente logra expandirse y se difunde una conciencia moral más elevada, la sociedad en la que vivimos cambiará fundamentalmente. 2 Este ensayo fue publicado originalmente en inglés bajo el título The Drowning Child and the Expanding Circle.

Ver también:

Notas y referencias   [ + ]

1. W. E. H. Lecky, The History of European Morals, Longman, 1892.
2. Este ensayo fue publicado originalmente en inglés bajo el título The Drowning Child and the Expanding Circle.